Las ganas de rendirse.
Siempre me enseñaron a no rendirme. Es algo que tengo en la sangre e incluso en mi nombre.
Recuerdo que de niña, me enseñaron a triunfar y a aspirar siempre a ganar. Por eso mi naturaleza tan competitiva.
Ahora como adulta, he aprendido que en la vida a veces se gana y a veces se pierde (y que generalmente aprendes más de lo segundo aunque duela).
Sin embargo, sigue gustandome ganar y es una de las razones por las que la palabra «rendición» me resultaba tan difícil de entender.
Cuando conocí a Cristo, rendición se volvió un término común en mi vida, porque aprendí que rendirse a Cristo es la verdadera victoria.
¿Y qué es rendirse? Es aceptar que sus planes son mejores que los míos, que Él tiene el control de mi vida, que me dió libertar para decidir pero que mis decisiones solo me harán feliz si están alineadas a Su voluntad buena, agradable y perfecta.
Esa rendición implica una muerte total al ego y la aceptación de una nueva identidad, que muchos no comprenderán ni aprobarán.
También es una prueba a mi corazón, a mi paciencia y a mi existencia completa, puesto que rendirse no significa que siempre me irá bien en la vida.
Rendirse en pocas palabras es aceptar que aunque yo dirijo esta nave, el GPS ya tiene una ruta que alguien más trazó para levarme a donde debo estar y que aunque a veces lo desearía, no tiene piloto automático.