Las ganas de llamar las cosas por su nombre

El 8 de marzo fue Día Internacional de la mujer y desde entonces he tenido algunos debates con mi familia y amigos sobre lo que representa el feminismo. Una querida amiga mía publicó una frase muy inteligente: «El fin del feminismo es que no tenga que existir».

Siguiendo la misma línea, hoy mientras platicaba con mi madre (quien dicho sea de paso es una erudita), llegué a la conclusión (muy a su pesar) de que el objetivo de las categorías de análisis es que dejen de existir.

Elaboro un poco al respecto, mi madre decía que el que no existan categorías de análisis puede resultar en invisibilizar a ciertos grupos (y sus problemas), mientras yo debatía que al etiquetar como «grupo vulnerable» a mujeres, indígenas, personas con distintas habilidades motrices o psicológicas, etc. Sentamos un precedente sobre la percepción social (y autopercepción) de estos grupos (y quienes pertenecen a ellos), especialmente cuando enseñamos esto a los niños pequeños. Dicho sea de paso, la forma de percibir la realidad y categorizar nuestro entorno se desarrolla a la temprana edad de 1-2 años cuando empezamos a entender «bien», «mal», «sí» y «no». Entiendo que para practicidad del análisis social (o el desarrollo cognitivo) deban existir tales categorías, pero considero que vivir en un mundo «categorizado» fomenta la creación de estereotipos y conceptualización errónea.

Jane Austen decía que «la mitad del mundo no puede entender los placeres de la otra mitad» y es en parte gracias a que no nos tomamos el tiempo de sacar al «individuo» detrás de esas categorías. Un querido profesor de Filosofía decía además, que un gran porcentaje de nuestros problemas se solucionarían si llegáramos a «acuerdos conceptuales», no solo entre grupos, sino en el uno a uno, de forma que clarificar nuestros conceptos evitaría en gran medida distorsionar el mensaje (y entenderíamos mejor a la otra mitad).

En sus orígenes el movimiento feminista buscaba igualdad de derechos (salarios, empleo, educación…) que en gran medida ya se han logrado establecer en el marco legal (de ahí a que se cumplan es otra cosa). Pero para clarificar, mi concepto de «feminismo» no se parece en nada al término real. Mi madre, que conoce perfectamente la semántica del término concuerda con Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki/Feminismo) en que es un movimiento «político»; yo por mi parte no quisiera que lo fuera, porque al relegar a un posicionamiento político algo tan importante como la vida caemos en la «simplificación».

Cuando dos partes difieren en algo lo primero a lo que se apela es a la experiencia: «no me puedes entender porque a ti no te ha pasado» «no eres sensible a mi realidad porque no lo has vivido». Lo segundo es apelar a la política «tú eres pro-vida porque eres de derecha» «tú eres pro-aborto porque eres de izquierda». Luego llega el argumento social «la gente pobre no puede aspirar a esto» o «a la gente rica no le interesa». Y así podemos seguir, ante un sinfín y sin número de posturas, categorías, etiquetas, estereotipos que lejos de unir dividen.

Como siempre hay un argumento bíblico que respalde las virtudes de la existencia humana, pongamos de ejemplo a Jesús, en su época apoyó a personas que eran mal vistas o relegadas, grupos de personas que ahora (y en aquél entonces también porque no es una nueva categoría) tacharíamos de marginados o vulnerables, pero también recibió gran apoyo de personas de «clase alta» que lo financiaban y a esos mismos brindó soporte si lo requerían. Él no rechazaba personas, rechazaba el mal en el mundo. Dice la biblia en Gálatas 3:28 «No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús».

Pero quizá para Jesús (aún en su forma más «humana») era muy fácil ver a cada quién en su individualidad y no como grupo porque Él es Dios, y Dios nos conoce a todos porque Él nos creó, no necesita «agruparnos» porque nos entiende en lo personal. Pero aunque nosotros no tengamos esa capacidad, para que llegue el día donde no necesitemos movimientos que defiendan los derechos de uno u otro grupo debemos ser más como Jesús, vestir de dignidad a quienes más la necesitan ¿Cómo? Hay varias formas:

-Individualmente: Rompiendo dinámicas enfermizas y priorizando nuestra educación, autoestima y autocuidado (Y sí, tal vez como me dijeron, es un pensamiento muy «Millenial» pero es necesario).

-Colectivamente: Los que ya se encuentran fuera de esas dinámicas deben apoyar a otros para que tomen mejores decisiones y salgan también.

-Individualmente: Sí un día tú o yo tenemos más poder, recursos o capacidad de decidir cosas que impacten, debemos apoyar a aquellos que desean ser apoyados.

Colectivamente: Mientras eso sucede, podemos bogar para que los que ya tienen esas oportunidades se sensibilicen de su entorno y decidan apoyar causas importantes.

Suena a utopía ¿sí?

¿Terminé en buenos términos con mi madre después de este debate? Relativamente sí

Pero al menos me decidí a escribir una entrada este mes y compartirles mi postura al respecto para tranquilidad mía y curiosidad suya 😉

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