Las ganas de una nueva amistad.

Cuando la pandemia por COVID comenzó, tuve miedo. No por mi, por algunas personas vulnerables a mi alrededor.

Para evitar cualquier posible contagio, desde marzo del 2020 hasta noviembre del 2021 intenté interactuar lo menos posible con la humanidad.

Tenía además un cerco sanitario en mi hogar y las contadas personas que recibía eran rociadas con alcohol y sanitizante.

Al principio esto causó un gran conflicto con algunas de mis amistades quienes solían acudir a espacios concurridos a beber.

No puedo mentir, tuve algunas reuniones «clandestinas» con un puñado de personas pero evité estar en contacto con lugares públicos lo más posible.

Ahí fue donde esas amistades se fueron deteriorando irreversiblemente…supongo.

Recuerdo que me reclamaban como es que me juntaba con otras personas clandestinamente y con ell@s no. Pero fue una cuestión de supervivencia.

Traté a quienes sabía que tendrían cuidado porque como yo, estaban rodeados de personas vulnerables. Y a quienes yo sabía que no estaban cerca de hospitales o laboratorios.

La ironía de todo esto ocurrió en el pico más alto de la pandemia que sucedió en diciembre pasado.

Tras convivir un par de horas (porque no fue más que eso) con mi familia política y removerme el cubrebocas una vez solo para la foto navideña del recuerdo fuimos contagiados… Pero no lo sabíamos.

Un par de días después, decidí ver a esos amigos que hace tanto no veía. Primero porque tenía mucho sin su presencia y segundo porque los consideraba mi otra familia.

Esa noche todo salió bien: risas, diversión… Pero la mañana siguiente recibimos el mensaje que cambio las cosas.

Nos sugerían hacernos una prueba porque alguien de la familia política dio positivo, y luego otro y luego otro.

Long short story… Contagiamos a todos los amigos por accidente, después de ser los más cuidadosos y el error fue aparentemente advertirles con tiempo para que tomarán precauciones por si sentí síntomas.

Después vino la extinción. Borraron el único grupo de WhatsApp donde estaban todos y podía enterarme de como estaban y pase las siguientes 3-4 semanas no solo con complicaciones por neumonía sino preocupada por la salud de los demás.

Estaban enojados, pero no me decían nada. Hablaban entre ellos pero no conmigo y tenía que unir piezas de información para saber cómo estaban.

Cada vez era más notoria la molestia a pesar de que yo también estaba enferma y de que para ellos era la segunda vez que se enfermaban. Y si, sentía vergüenza además, tampoco supe manejarlo.

Opté por no hablarles tampoco porque me sentí mal de insistir. Y no volvimos a hablar. Ni de cosas importantes, la boda de alguien, el embarazo de alguien más, todo eso pasó sin que me diera cuenta.

La gota que derramó el vaso fue cuando un familiar de una de mis amigas comentó lo irresponsables y negligentes que habíamos sido por exponerlos deliberadamente. Cosa que nunca fue así, pero entiendo que esa fuera la versión que les convenía dar.

Después de muchos meses de tristeza, de experimentar el duelo por amistades de más de 20 años… Finalmente esta semana lo entendí.

Por más que queramos romantizarlo, la amistad a veces tiene fecha de caducidad. No porque no valga la pena, sino porque cumple su función para un momento de la vida en especifico.

Cuando algo así pone a prueba tantos años de amistad es porque quizá la relación no era tan fuerte como parecía. Además, siendo está una de tantas veces se daba esa extinción social en esas relaciones… Lo más sensato es posicionar a cada persona en lo que individualmente le corresponde.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *