Las ganas de una buena salud
Recuerdo la primera vez que estuché a alguien gritar de dolor. Fue probablemente a mi abuelo, quien tras un cáncer de colon bastante intenso la fin pudo descansar hace más de dos décadas.
En aquel entonces el se encontraba mucho tiempo en cama con un bata azul y su colostomía. Recuerdo bien sus quejidos de dolor y recuerdo que me sorprendía cómo alguien tan fuerte tanto física como mentalmente podía quejarse así.
Ese sonido sería una recurrente en mi vida por muchos años. Recuerdo escuchar gritos de dolor de mi abuela también. Y como en ocasiones estaban acompañados de llanto y queja. No entendía como podía tragar sin agua hasta 8 pastillas de diferentes formas y tamaños y aún así que eso no evitará su sufrimiento ¿Para que se las daban entonces?
En sus últimos años, no solo gritaba y lloraba, también se enojaba, deliraba o maldecía.
Tengo varias imágenes en mi cabeza de ella, de mi madre, de mi abuelo y de mi tío, todos en una cama de hospital por razones diversas, con oxígeno en sus batas claras, en habitaciones miserables o que parecían hotel. Eso no cambiaba la realidad de la enfermedad y el dolor. Al menos no para quienes lo vemos desde afuera.
Mi madre fue sobreviviente del cáncer, y desde entonces se «esfuerza» por vivir, aunque yo a veces considere que su esfuerzo no es suficiente.
Hace un día y medio, visitamos urgencias en el hospital, ese lugar que me trae tan malos recuerdos. Mientras la ingresaban vinieron a mi memoria los recuerdos de esa última vez, cuando llegamos en taxi a la zona de urgencias y yo me senté en esas sillas de metal mientras veía como se la llevaban.
Recuerdo cuando horas después la ingresaron para poder operarla. Cáncer de mamá era el diagnóstico, y operación, quimioterapia y radioterapia la solución.
Ya lo habíamos vivido antes con mi abuelo y no había resultado bien. Temía lo que pudiera pasar.
Antier en la madrugada, mientras estaba sentada afuera del hospital pensaba en todo aquello. Y lo veía con unos ojos diferentes, esta vez no estaba sola (no en lo físico sino en el corazón y en el espíritu). Tenia la sudadera y shorts de mi novio, que saco de la cajuela, de su maleta de ropa deportiva y me puso por encima como una capa extra de ropa cuando vió que tenía frío.
Sentí la calidez de ese gesto y su abrazo, enmedio de una escena que me traía recuerdos amargos.
Cuando me quedé sola por unos minutos, una señora salió detrás de mi, hablaba por teléfono y lloraba porque su familiar había fallecido. Pensé en eso también, en esa escena que había sido tan frecuente en el pasado. Pensé en el funeral al que habíamos asistido esta semana. La mamá de un amigo que acababa de fallecer de… Cáncer.
Hoy es día de las madres en mi país, un 10 de mayo «ordinario» y escribo esto mientras espero a mi madre. La está revisando un Doctor. Tenemos dos días visitando consultorios pero se siente bastante diferente.
Esa noche en urgencias, me imaginaba que pasaría si fuera yo esa persona llorando la teléfono.
No lo soy, y espero en Dios no tener que ver a vivir algo así, pero los fantasmas de los hospitales pasados se hacen presentes aún…