El camino de la adolescencia
Hubo una vez una canción. Se oía a lo lejos sin poder especificar cuál era su origen o si el primer día que había sonado era primavera o invierno, día primero o veinticinco, pero nunca se detenía. Aunque llegó a despertar en las personas toda clase de emociones, ya no importaba. La bloqueamos mentalmente; nos era insignificante.
Cierto día un hombre anciano se encontraba en su lecho de muerte rodeado por personas que en verdad lo amaban. La concurrencia se limitaba a una anciana un niño y un perro. Con su último aliento, tras asegurarles que estaría bien, le pidió a su nieto que guardara silencio. El niño tapó su boca con la mano derecha, y con la otra, sostuvo el hocico del animal para evitar que de él surgiera algún ladrido; con todos en completo sigilo pronunció su última frase: lucem demostrat umbra. En ese momento sus ojos se cerraron para ya no abrirse. Lejos de colmarse de tristeza, la anciana sonrió y se despidió afectuosamente; el niño derramó un par de lágrimas, pero tras percatarse de la acción de su abuela, la imitó. Ambos permanecieron con el anciano unos minutos. Como parte de aquella escena silenciosa, el niño descubrió algo, un susurro melodioso en perfecta armonía que, por extraño que pareciera, le resultaba sumamente familiar. Prestó mucha atención a la sucesión de notas que de alguna manera, embonaban como piezas de rompecabezas con las últimas palabras de su abuelo.
Luego de salir de la habitación, el niño, la anciana y el perro fueron abordados por un mar de personas curiosas. La anciana les hizo un gesto con la cabeza; como por arte de magia, comenzaron a llorar, abrazarse y realizar toda la ceremonia pertinente de una situación así. El niño miraba la escena extrañado desde una silla.
-¿Escuchas abuela? Le preguntó sonrientemente a la anciana.
-¿Qué cosa hijo?- le contestó.
– La canción del abuelo.
-¿La qué?- Respondió extrañada, antes de ser interrumpida por una joven que rompía en llanto mientras la abrazaba, evitando así cualquier explicación del niño.
Días más tarde, se llevó a cabo un funeral menos solemne que muchos otros. Mientras la muchedumbre de amigos y familiares se encontraban inmóviles alrededor de la tumba del profesor Romero, su nieto corría de un lado a otro. Lejos de que su conducta inapropiada llegara a molestar, hizo sonreír a más de uno. Parecía más feliz que de costumbre y aunque ningún adulto esperara menos de un niño, es extraño ver a alguien así en un funeral. Cuando su madre y su abuela le pidieron que dejara de bailar con el perro, lo hizo pero comenzó a silbar. Cuando su tía le pidió que dejara de silbar, comenzó a recitar.
-Cultivo una rosa blanca, en la tumba de mi abuelo… declamaba con pasión.
-Baja la voz Mau- le dijo un amigo de la familia.
Pero volvió a hacer caso omiso y continuó rimando con tan buena métrica y tanta coherencia, que nadie pudo dejar de reír. La ceremonia terminó. Dos hijos, hablaban de las valiosas enseñanzas de su padre con orgullo; estudiantes de preparatoria expresaban cuán ilustre fue el profesor, y hacían una lista de las cualidades que la mayoría de los difuntos reciben en su tumba, pero normalmente no escuchan con frecuencia en vida. El pequeño Mauricio seguía en su mundo.
-¿Qué tiene tu hijo Sara? Preguntaba una prima.
-¿Está bien su nieto tía? Indagaba otra.
-Sólo está algo conmocionado – respondía la madre con preocupación.
-Es sólo un niño- decía la abuela.
Lo que le ocurría a Mauricio no era conmoción, ni infancia, era algo inexplicable. Desde el día que escuchó esa melodía algo en él había cambiado, era ya la persona más feliz del mundo y, las palabras de su abuelo, aun cuando no sabía lo que significaban, las repetía día y noche.
Fue el padre de Mauricio el primero en reprimir aquella felicidad desmesurada. Una tarde, el niño jugaba en el jardín y, tras lanzar accidentalmente la pelota contra un rosal e incrustársele una espina, perdió el aire. Ya no rodaba, ya no era una pelota, pero el pequeño la convirtió en un casco y comenzó a cavar un agujero. Introdujo en él su cabeza y guardó silencio. Creyó escuchar algo pero era sólo su padre pidiéndole que no hiciera aquello. Mauri, como cariñosamente lo apodaban, entró a la casa. Pasó por enfrente de su madre quien lo llamó a lavarse las manos, pero no lo hizo. Subió la escalera a toda prisa, entró en su habitación, abrió el juguetero de madera y sacó un estetoscopio de juguete. Puso una silla sobre su cama y se paró en ella alcanzando el techo. Cuidadosamente colocó el estetoscopio en el techo pero cuando creyó escuchar algo, su madre interrumpió la “travesura”.
-¡¿Qué haces ahí arriba muchacho travieso?!- le preguntó exaltada
-Investigo de dónde viene la…
-¡Baja inmediatamente, imagina lo que pasará si llegas a caerte!- interrumpió.
Mauricio llegó al piso y tratando de evitar más problemas se dirigió a hacer tarea en la cocina, bajo la estricta vigilancia de los dos adultos más ocupados del mundo. Sara, su madre, trabajaba, se encargaba de los quehaceres y además de cuidar a sus dos hijos. El padre, reconocido arquitecto, pasaba casi todo el día fuera de casa. Y Brisa, la hermana mayor, se tomaba muy pocas molestias para averiguar cuál era el estado de aquél hogar y sus habitantes, salvo en el funeral, cuando interrumpió su plática con la abuela, Mauricio nunca la había visto llorar. En ese contexto era lógico que el pequeño estuviera unido de un modo especial a sus abuelos. Ambos maestros y las dos personas más amables que conocía. Emma rebasaba los 65, su pelo canoso escondía un cerebro brillante, especialmente para acontecimientos históricos y cultura general. Gerardo Romero, su fallecido abuelo, había sido profesor hasta hacía pocos meses. Con 69 años tenía la fuerza de alguien de treinta, por lo que sus clases eran grandiosas. Pero al cumplir los 70, su salud se deterioró, una neumonía lo mantuvo en cama hasta que le fue imposible seguir así, dejando un enigma con su último suspiro. Mauricio de siete años había heredado lo mejor de todos, su inteligencia le permitía entender asuntos bastante complejos, curioso, amable, con un espíritu fuerte y buena memoria. Por eso, no era de extrañarse que fuese el único capaz de escuchar lo que nadie notaba, y de darle significado a una frase en latín que no entendía. El pequeño no tardó mucho en preguntarle a su abuela cuál era la traducción literal.
-Recuerdas lo que dijo antes de morir- preguntó sabiendo que ella entendería a que se estaba refiriendo.
-Si- Contestó Emma con seguridad.
-¿Y qué significa?
-Quiere decir: La sombra muestra la luz
-Eso ya lo sé abuela- refutó el niño- Pero ¿qué significa, porque dijo eso?
Tras pensarlo un poco, la abuela movió la cabeza en varias direcciones como buscando alguna referencia, luego se sentó y comenzó a hablar con exagerada parsimonia.
-Cuando yo tenía tu edad, no había tantas comodidades; ahora imagínate cuándo los abuelos de los abuelos de mis abuelos eran niños- Le explicaba a Mauricio, pero, al recordar que él comprendería si usaba palabras más difíciles prosiguió con gran inspiración- En ese entonces no había ni siquiera relojes de engranes como los nuestros, pero eso sí, las personas eran más ingeniosas, así que desde la antigüedad, lograron medir el tiempo con sus propios inventos, había relojes de agua, de arena y hasta de sol. Una leyenda decía que en algún lugar de Italia, existió un reloj de sol en particular, tan bello, que tenía grabadas las palabras lucem demostrat umbra en oro. Si una persona de buen corazón interpretaba el mensaje y estaba en el reloj a la hora correcta, algo bueno sucedería.
Mauricio escuchaba atónito e imaginaba todo con gran detalle.
-Pero entonces ¿Por qué nos lo dijo?- preguntó
-Creo que fue un modo de decirnos que debemos percibir el lado bueno de las cosas, porque cuando algo triste sucede es casi seguro que algo feliz lo precede, que algo alegre viene después- Le dijo la abuela.
Con una explicación tan buena, cualquiera se habría dado por satisfecho, pero no Mauricio. Pensaba que las palabras de su abuelo, más que un buen consejo para ambos eran una aventura. Con seguridad su abuelo habría imaginado que sentiría curiosidad y le preguntaría a su abuela todo lo relacionado con el misterio, y que ésta, a su vez, le contaría la historia del reloj de sol, tal como había sucedido. El abuelo Gerardo era muy listo. Entonces, seguramente, le heredaría a él algo tan valioso como para que fueran sus últimas palabras: Una misión. Desde aquél momento y por los siguientes doce años, Mauricio sentiría la incesante necesidad de ir a Italia a buscar un reloj de sol con letras doradas y no descansaría hasta lograrlo. El único inconveniente era que tenía miedo, de que al viajar, esa melodía que únicamente él escuchaba, se apagara. Ya había aprendido a vivir con ella, día y noche, la oía también en sueños y no le molestaba en absoluto, por el contrario, lo hacía muy feliz. La canción del reloj de sol, cómo la llamaba, tenía música de fondo y letra en las palabras de su abuelo, pero extrañamente podía embonar también con cualquier otra palabra, con cualquier situación y con cualquier pensamiento. Era como un camaleón auditivo, siempre presente. Era imposible imaginarse sin aquél bienestar.
Los padres de Mauricio, escuchaban a su hijo hablarles de la melodía con gran incredulidad, esto sin mencionar la actitud de su éste los llevó a pedir varias opiniones. Un psicólogo determinó que el niño tenía un trauma por la muerte de Don Gerardo, otro especialista les dijo que el niño presentaba retraso mental e hiperactividad, cómo si ambos fueran posibles simultáneamente. Alguien completamente diferente les dijo a los preocupados padres que su pequeño era un genio. Ellos optaron por creerlo.
Sara le expuso a su esposo que muchos de los grandes compositores de la historia escuchaban melodías en su cabeza. Ambos decidieron que fomentarían la actividad musical y corrieron lo inscribieron en la escuela de arte a clases de guitarra y canto. Si bien en poco tiempo Mauricio demostró poseer un oído bastante desarrollado y que podría llegar a ser un gran músico a futuro, sus intereses no estaban ahí. Él quería explorar el mundo. Al darse cuenta de su decisión, sus padres decidieron no presionarlo respecto a la música y dejaron que su hija, quién desde que su hermano genio había renunciado, presentó un interés particular en la materia, fuera la musical en la familia aunque Mauricio nunca dejó por completo de tocar.
El pequeño se había resignado a que nadie le creyera respecto a la canción del reloj y tomó la decisión de no volver a comentarlo. A decir de los expertos, milagrosamente había superado su trauma, no tenía retraso mental y su hiperactividad era más un rasgo de su personalidad carismática. Para sus padres ya no era un genio y era justo lo que quería. Sabía que si por escuchar canciones en su cabeza lo habían visto tres psicólogos, al hablarles sobre un viaje a Italia para cumplir la misión secreta de su difunto abuelo, de seguro acabaría en un manicomio.
El reloj giró caprichosamente transcurriendo varios años. Para ese entonces Brisa, recién graduada de arquitectura, era el orgullo de sus padres, la hija perfecta y en quién todas las expectativas estaban depositadas. Dejó la música al descubrirse sin talento, para dedicarse a lo que era genéticamente buena, el dibujo. Mauricio se debatía entre el derecho y su guitarra, aunque era un buen estudiante, nadie esperaba algo grandioso de él. Si algo diferenciaba por completo a los hermanos era su actitud. Ella parecía enojada con la vida sin una razón aparente, ni sus éxitos profesionales la hacían sentir menos miserable, simplemente no era feliz; él por su parte, era el optimismo hecho persona. Aunque todos sabemos cuál era el secreto de su alegría, nadie podía restarle méritos a su propio idealismo y gran corazón. Sin embargo, para el mundo en que vivían, ella, era normal y él, un cínico bicho raro que sentía regocijo por cualquier razón.
En el mes de Agosto, la chica miserable fue invitada a exponer dos de sus cuadros en una galería local. La belleza de sus obras le ganó el respeto y admiración de un afamado crítico de arte, quien tiempo después la ayudó a vender sus obras en Europa, meses después viajó por Italia, Francia y España. Mauricio, lejos de envidiar a su hermana por el viaje de sus sueños, le deseó de corazón un gran éxito y pidió, cómo único favor, un libro de leyendas a su paso por Italia, esperando poder encontrar ahí, algo sobre la leyenda del reloj de sol. Pero cuando después de un par de semanas ella volvió a casa, en su bolsa de regalos había un libro de cocina Francesa para su madre, castañuelas españolas para su padre, un llavero de gladiador para Mauricio, pero nada relacionado con relojes.
Considerablemente decepcionado decidió seguir planeando su viaje para un futuro cercano, él mismo compraría un libro de leyendas en Italia y llevaría a su abuela, que en ese entonces tenía casi setenta y cuatro años, con él, como había decidido tiempo atrás. Como ambos escucharon lucem demostrat umbra, los dos tenían que ir al reloj. Pero la vida es breve y Emma murió al poco tiempo. Mauricio afrontó la pérdida como de costumbre, con filosofía. Los demás se vieron tan afectados que se contagiaron de miserabilidad, aunque a simple vista no se notara, porque cómo Sara le dijo a Brisa en algún momento: Lo más común del mundo es la desdicha.
Mauricio no estaba de acuerdo, ahora con mayor razón, necesitaba llegar al reloj y ser el quién, en el momento indicado, desencadenara aquella magia, porque sólo así se le puede llamar al bien cuando se ha perdido la esperanza. Por los siguientes años, además de terminar la escuela, obtuvo varios empleos y siguió ahorrando en sus gastos como llevaba haciéndolo por años. Nunca le pidió dinero a nadie con ese fin, era algo que tenía que hacer solo. Cuando tuvo suficiente, e incluso el puesto laboral que deseaba, pensó que era hora de cumplir su misión, ahora podría estar allá, en Italia, durante un buen tiempo; compró un boleto de avión y partió rumbo a aquel país de sus ensueños a pasar las vacaciones de navidad.
Quisiera poder decir que en Italia encontró el famoso reloj de sol con la inscripción de oro pero no fue así, a pesar de que buscó, indagó y preguntó cuanto pudo nadie sabía más de lo que su abuela le contó alguna vez.
Cuando volvió, alguien incluso llegó a decirle que hubiera sido más fácil encontrar la fuente de la eterna juventud en Hollywood o el tesoro de Laurens da Graff en la sierra de Chihuahua, pero sobra decir que nada de eso lo desanimó. Por el contrario, ahora estaba más seguro que nunca de que su búsqueda no sería en vano. Lo único bueno que encontró en su viaje a Italia, a decir de sus padres, fue la joven mujer de quién se enamoró y con quién más tarde se casaría.
Increíblemente ella estaba en Italia cumpliendo el último deseo de su padre, esparcir parte de sus cenizas en el Coliseo. Sintiéndose identificados, surgió entre ellos una atracción inmediata. Angelique como se llamaba, tenía sólo un problema, se estaba contagiando de desdicha. Mauricio debía evitarlo también, pero no sabía que más hacer, estaba pensando que si no puedes con ellos debes unirte, cuando el soundtrack de su vida sonó más fuerte que nunca. Corrió a casa y buscó dentro de un mueble. No sabía que poder superior lo estaba obligando a hacer eso. Tomó un libro que tenía el nombre de su padre en el lomo, y, sin saber exactamente lo que hacía, lo abrió justo por la mitad. Para su sorpresa vio una imagen conocida y leyó el pie de foto: “Los relojes de sol están ahí como objetos que a simple vista son opacados por la arquitectura propia de un lugar…”
-¡Lo encontré! -Gritó emocionado mientras corría al jardín con libro en mano a abrazar a su madre.
La música se hacía cada vez más fuerte. Bajó la cabeza y miró su sombra reflejada sobre el piso.
-La sombra muestra la luz- exclamaba mientras Brissa, Emma y David lo miraban desconcertados.
-¿Y si lo pasé por alto? Se preguntaba en voz alta.
-Ahora si ha perdido la cabeza- Decían, pero nadie se atrevía a interrumpirlo.
Mauricio alternaba su mirada entre el libro, su sombra y el cielo. Repentinamente dejó de escuchar la música. Inmediatamente se sintió débil y vulnerable, sentimiento que tal vez nunca había experimentado como en ese momento. Le faltaba algo, un susurro melodioso que se había ido, aunque ahora se preguntaba si alguna vez estuvo ahí. Comenzó a recordar con tristeza a sus abuelos, volvió a mirar su sombra inmóvil, tan oscura y fría. Respiró profundamente y con voz inaudible dijo:
– Cuando algo triste sucede es casi seguro que algo feliz lo precede
Las campanas de la iglesia anunciaban la misa de doce, la imagen del reloj con letras doradas también las doce en punto y estaba en manos de la persona correcta.
Mágicamente la música volvió a sonar pero ahora absolutamente todos la escuchaban.
-¿Qué es eso?- preguntó Sara
-¡Es increíble!- decía su esposo David
– Es el sonido de la vida. Contestó Mauricio con gran emoción.
-¿Y a que suena la vida?- Preguntó Brissa
-Suena, a la esperanza que debe tener quién desde la sombra ve pasar la vida y necesita ver la luz para alimentar su alma.
Lo siguiente puede relatarse pero no le hará justicia a aquél bello momento, sólo queda por decir que desde aquél día, realmente todos vivieron felices para siempre.