Las ganas de no decir adiós…

Hoy amanecí con una noticia que me partió un poco el corazón. Así es la muerte de un ser querido, te llena de incertidumbre, te lleva a replantear tantas cosas…

No parece extraño que alguien muera si es alguien mayor, o enfermo, o si tiene vicios, si se accidentó, si alguien lo mató… Siempre encontramos la forma de «justificar» el que debía de irse, pero ¿Cómo explicas está perdida?

Menos de tres décadas de vida, padre amoroso de 3 hijos, con una esposa que lo ama, padres y suegros cariñosos, tres hermanos para los que era alguien ejemplar. El mejor alumno de su clase, el mejor hermano, el mejor primo, el mejor esposo, el mejor amigo… (Tal vez eso dicen todos de las personas que se van, pero en su caso no estaba lejos de la realidad).

Sin vicios, amante del fútbol y el ejercicio. ¿La comida? No, tampoco era un problema, su esposa es nutrióloga. No estaba enfermo de nada, no estuvo hospitalizado, no fue un suicidio afortunadamente, nada violento tampoco para la tranquilidad de todos a su alrededor.

Solo llegó y en palabras de su suegro «Falleció en su cama, solo se le acabó la pila, no tengo más detalles» -¿Por qué tan joven?- preguntó alguien con la indiscreción que valoro para aquellos que como yo no nos lo explicábamos -«No se por qué se fue si era el hombre más sano del mundo… Pero Dios si sabe y confío en sus sabiduría «.

13 de noviembre del 2021, nuestro último contacto… Una llamada que nunca se concretó porque ninguno de los dos quiso enfrentarlo. Y pensándolo bien, como dijo una querida amiga… Así tenía que ser.

Nunca sabré lo que pensaba, nunca podré invitarlo a mi boda, jamás tendremos oportunidad de tener ese café pendiente los tres, ni discutiremos, ni nos reiremos, ni correremos en la deportiva, nunca volverá a sentenciar a mi novio para que me trate bien, nunca me va a volver a pedir «paro» para acercarse a alguien, no volveré a presentarle a alguien a su esposa a quien ella confunda, ni me dirá que el me tiene en gran estima, no tendremos más recuerdos juntos, así como eran… Breves… Significativos… Casi Históricos.

Por años intenté ser como el. Y leyendo el obituario, creo que no fui la única. Recuerdo lo que escribí en aquella carta sobre el día que lo conocí:

«Ví como su familia, en especial su Padre, vitoreaba al muchacho, el mejor estudiante, alumno ejemplar… Que orgullo le daría. Y me prometí a mi misma que yo le daría lo mismo, aún sin conocerme, si no iba a amarme, podría admirarme… Y de paso, aquel muchacho sabría que somos de la misma madera… Que algo nos une más allá de la escuela y los amigos… Un lazo que nunca sabría que existe.»

Pero lo supo, y esa carta que tardé 12 años en escribir ellos lograron responderla en cuestión de horas. La escribí para uno, la recibieron dos… Y él, nunca mostró rencor… Espero jamás haberle causado dolor.

¿Cómo le dices adiós a alguien que es más que un amigo? ¿Cómo le dices adiós a una persona que marco tu vida quizá sin tener conciencia de cuánto? ¿Cómo cierro los ojos está noche?

Cómo un mal chiste de la vida, el dolor de la ausencia paterna se repite pero ahora en esa pequeñita. Es algo que nunca desearía para ella o para nadie.

Si alguien hubiera sido digno de entregarme en el altar al amor de mi vida… Ese hubiera sido él. Si tan solo la vida nos regalara más tiempo haría tantas cosas diferentes. Pero nada de eso importa ya…

Se supone que cuando un padre pierde a un hijo no existe una palabra para ello… Pero si lo pienso más profundo, tampoco hay una palabra que describa lo que yo perdí hoy.

Al menos algo tenemos en común mi padre y yo. Porque no somos viudos no huérfanos… Somos un padre que perdió a su hijo… Y una mujer que perdió a la mitad de su sangre.

Te amaré siempre hermano… Y cuando nos encontremos un día en la presencia del Padre Celestial, espero que lo sepas pero que a ninguno nos importe porque estamos tan llenos del amor de Dios que esto no sea nada.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *