Las ganas de levantar la mano.

Desde que me convertí en la maestra miel (como dice una amiga), he tenido problemas para que los alumnos respeten mi autoridad.

Mientras explico un tema suelen interrumpir con su típico: «maestra, maestra», sin esperar a que se les de la palabra.

Al principio pensaba que les valía porque eran maleducados o muy irrespetuosos, y aunque quizá algunos sí lo sean, me dí cuenta que la gran mayoría no lo hacen por ignorarme, sino para evitar que yo los ignore.

Pensando sobre eso me preguntaba ¿Cuántas veces no habré hecho lo mismo? ¿Cuántas veces no habré deseado tanto la atención de alguien que he dejado de escucharle?

Es un poco lo que sucede con Dios. Buscamos su atención desesperadamente sin saber que ya la tenemos y que podríamos entender mejor si solo escucharamos.

Cualquier maestro sabe que hay un tiempo de explicación, uno de actividad y otro para resolver dudas. Creo que El Gran Maestro del universo hace exactamente lo mismo, y es muy claro al decirnos cuándo es el momento para cada cosa.

Al ser Dios un Dios de orden y nuestra vida un gran salón de clases, lo que nos falta aveces es ser mejores alumnos. Esto implica adaptarnos a su método de enseñanza y tratar de seguir lo mejor posible las reglas de la clase.

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